Es hora de ser humildes, aceptar que no tenemos el control, aliarnos con la naturaleza y coexistir
Cada vez que un “forastero” se refiere a nuestra villa como “Aranda del Duero” nos reímos los lugareños. Es “Aranda de Duero”, cual apellido noble. Aunque con las últimas grandes inundaciones que acabamos de sufrir (foto del 14 de febrero), al igual que media España y Portugal, quizás el río Duero que nos atraviesa haya reclamado su propiedad y ahora sea de facto “Aranda del Duero”.
Desde que la humanidad empezó a hacer uso de la tecnología para modificar su entorno a gran escala y velocidad con la tala de árboles, la agricultura o el transporte a grandes distancias, seguidas de la Revolución Industrial, la urbanización y finalmente las telecomunicaciones, Internet y la Inteligencia Artificial, el sentimiento de “dominio” sobre (el resto de) la naturaleza se ha impuesto culturalmente en nuestra civilización. Pensamos que tenemos el “control”, que con nuestra todopoderosa tecnología podemos dirigir el rumbo de la evolución hacia los resultados deseados, que ante las inundaciones basta con levantar el muro más alto.
La Historia demuestra no obstante que la prepotencia es siempre el principio del fin de los imperios, por muy invencibles que estos se crean. Más nos valdría otro cambio, el de valores, empezando por la humildad. Humildad para darnos cuenta de nuestros errores, como la noción equivocada del “progreso” que hemos mantenido desde, probablemente, la época colonial, erigida siempre desde la máxima del “más es mejor”: más tierras (colonización), más dinero (capitalismo), más pavimento (urbanización), más cosas (materialismo), más recursos (consumismo). Sabemos de sobra que no es así, que una vez satisfechas con holgura las necesidades básicas, el resto son excesos que no aumentan el bienestar sino que lo disminuyen, generando desigualdades sociales (causa de conflictos) y deterioro ambiental (causa de catástrofes).
Humildad para darnos cuenta que seguir por el mismo camino no resolverá nada, al contrario, profundizará la herida. Porque ahí está la diferencia entre error y aprendizaje: error es realizar la misma acción conociendo ya el resultado más probable por experiencias previas, aprendizaje es reflexionar sobre dichas experiencias y extraer lecciones que guíen nuestros próximos pasos. Todos cometemos errores, la cuestión es reconocerlos, aprender y mejorar, en la medida de lo posible.
Vivimos tiempos inciertos, siempre lo han sido, con el factor agravante actual de la inestabilidad social y ambiental. Ante semejante nivel de incertidumbre, más que obcecarnos en producir resultados concretos, nuestro timón deben de ser las actitudes que nos permitan navegar estas aguas caprichosas. Practiquemos y enseñemos, en ese orden, actitudes como la capacidad de asombro perdida, de maravillarnos ante lo desconocido e inesperado, grande o pequeño. O la improvisación, valiosa herramienta para afrontar cada situación desde la escucha activa: aceptación, reacción y propuesta. Improvisar (70% preparación – 30% improvisación) como reconocimiento pleno de que no hay guión en la vida, de que todo es tan complejo e interconectado que, como dijera el sabio Masanobu Fukuoka en su célebre “Revolución de una Brizna de Paja”: no tenemos ni pajolera idea. Nadie sabe lo que va a pasar, pero, como promueve la inspiradora Rebecca Solnit, he ahí precisamente el fundamento de toda acción transformadora: no conocemos el resultado, pero todos son posibles y la intuición, heredera de la experiencia y la visión holística a largo plazo, nos muestra la dirección en la que caminar.
Otra actitud imprescindible es la colaboración, la apertura a trabajar con cualquiera, nos llevemos bien o mal. Hagamos que sucedan las alianzas improbables, las del ecologista con el agricultor, la mujer urbana con el hombre rural, la gran corporación con el pequeño municipio. Por supuesto con las líneas rojas del bien común y los valores fundamentales, pero con miradas amplias y horizontes lejanos. No hay enemigos ni aliados eternos, como proclama Extinction Rebellion. Todo fluye en coevolución constante. Íntimamente ligada se encuentra la coexistencia, entendida como el respeto y entendimiento mutuo, desde la empatía, de la diversidad de formas de vida, humanas y no humanas, que embellecen y enriquecen de oportunidad (resiliencia) este oasis llamado Tierra.
En el plano de lo concreto, algunas ideas que materializan dichas actitudes y nos permiten mirar al futuro sin miedo podrían ser:
No volver a construir lo destruido, lo que la naturaleza se lleva una y otra vez: los paseos marítimos, chiringuitos, edificios en primera línea o las propias playas artificiales que los temporales costeros crecientes engullen año sí y otro también, y cuyo coste de reparación se dispara ya por encima de lo razonable.

Chiringuito de “playa” en el litoral malagueño en febrero de 2026. Fuente: Andrés Alcántara, experto en Soluciones basadas en la Naturaleza (SbN) y vicepresidente del Cluster SbN.
Lo mismo sucede con las infraviviendas en zonas inundables fluviales, o las infraestructuras críticas, polígonos industriales y terrenos agrícolas. Aceptemos que hemos construido donde no debíamos, hiper-urbanizado el territorio, especialmente costas y cuencas, y que debemos retirarnos a dónde sea más seguro y menos costoso. Es el momento de devolver esos terrenos a ríos y mares, y ofrecer a las personas vulnerables afectadas una solución digna y justa. Las decisiones de reordenación del territorio no son nada sencillas, requieren imaginar puntos de encuentro entre intereses cruzados, a veces egoístas y cortoplacistas. Pero, o aprendemos las duras lecciones de los desastres letales en aumento y nos elevamos por encima de nuestras propias marejadas, o mucha gente se ahogará, literalmente.
Más espacio para la naturaleza para que no nos vuelva a pasar lo mismo: dejando amplios márgenes para los ríos, en las ciudades y en el campo, con bosques de ribera y gradientes de vegetación en las cuencas, con amplias zonas renaturalizadas y de agricultura/ganadería regenerativa aguas arriba, para retener agua y prevenir inundaciones, frente al efecto contrario de talas, “limpiezas” de cauces, canalizaciones, sellamientos y pequeñas presas sin mayor utilidad hoy en día. Sí, nos hemos equivocado domesticando nuestros ríos, pero podemos revertir la tendencia. Valgan como proyectos bandera la recuperación de los meandros naturales y las llanuras de inundación del Ebro (proyecto Ebro Resilience); o la regeneración de espacios urbanos, fluviales en particular, en una ciudad intermedia de Japón como Maebashi, con un esperanzador liderazgo de la iniciativa privada (Maebashi Design Commission).
Centrar esfuerzos en recuperar procesos naturales, más que en conseguir resultados específicos de conservación, es el fundamento del “Rewilding” o Renaturalización, brillantemente explicado e ilustrado para la península Ibérica por Jordi Palau en “Rewilding Iberia”. Se trata de una Solución basada en la Naturaleza, en cuanto nos proporciona a las sociedades humanas servicios ambientales esenciales como captura y almacenamiento de carbono (regulación del clima), protección frente a inundaciones, usos recreativos con valor económico (ecoturismo) y sanitario (mejora de la salud física, mental y espiritual), e identidades socioculturales. Sin embargo, va más allá: la Renaturalización facilita, asumiendo que algo sabemos, para dejar hacer, asumiendo que sabemos poco, la restauración ecológica a gran escala de ecosistemas dañados funcionalmente, por ejemplo reintroduciendo elementos clave que los completen (integridad) o conectando áreas núcleo vía corredores ecológicos (conectividad), a fin de reactivar los procesos naturales suprimidos por la acción antrópica como el ciclo del agua, la herbivoría, la depredación o la actividad carroñera, pero también el fuego y las inundaciones. En otras palabras, confiar en la naturaleza y sus millones de años de evolución. Ella sola se regenera y busca su resiliencia, la nuestra, un poquito más rápido si la asistimos mínimamente y nos retiramos después para observar maravillados la magia de lo salvaje. Algo así está pasando ya en las “Iberian Highlands” del Sistema Ibérico Sur, en España, gracias al trabajo pionero de Rewilding Spain reintroduciendo grandes herbívoros salvajes como tauros o caballos Przewalski, entre otras actuaciones, de la mano siempre de las comunidades y agentes locales, incluidos cazadores, alcaldesas y ganaderos, para crear alternativas de desarrollo socioeconómico en zonas rurales deprimidas.
Claro que es difícil cambiar, romper con inercias civilizatorias y valores culturales, especialmente si conlleva un giro hacia lo desconocido, una aceptación de nuestros límites, una alianza con seres insospechados. Pero no sé a ti, a mi me ilusiona la mera posibilidad de un mundo más natural y mejor. Y sin duda me apetece intentarlo contigo. ¿Renaturalizamos?
