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Naturaleza de Ribera

De la Ribera del Duero para el mundo, por Jesús Iglesias Saugar

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Aprendiendo a cooperar para una economía verde en África

Posted on July 15, 2015January 6, 2026 by Jesus Iglesias Saugar

Darme cuenta de que ni lo básico está garantizado y sólo puedes pensar en cómo llegar a mañana, me cambió la mentalidad

En nuestros días, uno de los mayores desafíos globales a los que nos enfrentamos son las crecientes desigualdades económicas, una realidad que se traduce, y se alimenta, de injusticias sociales y deterioro ambiental. Disponemos, no obstante, de herramientas para hacer frente a esta situación. Nosotros apostamos por el emprendimiento, encaminado al empoderamiento económico ciudadano; y la cooperación internacional, como mecanismo de intercambio y aprendizaje entre regiones. Dotemos a ambas de un objetivo común: la Economía Verde, entendida como un conjunto de economías locales, interconectadas e integradas en el medio natural y empoderadoras de sus comunidades.

Pasemos a la acción en primera persona. Dejad que os contemos nuestra historia en el mundo de la cooperación internacional por una economía verde. Historia que recorre parte del continente Africano desde 2011 hasta hoy: Egipto, Líbano, Angola, Túnez, Argelia y Marruecos; y que en los próximos meses retornará al Líbano y continuará por Palestina e Israel.

Nuestro carácter abierto y curioso siempre nos ha empujado a explorar otras culturas, buscando el enriquecimiento mutuo. Todo comenzó en Egipto, en el otoño de 2011, en plena Primavera democrática. El momento perfecto para canalizar dicha energía hacia una creación y redistribución diferente de las riquezas. Porque los movimientos sociales son muy necesarios, pero debemos extenderlos al ámbito económico para modificar las reglas del juego. Este es el empoderamiento del que hablamos: darle a la persona (emprendedora) la capacidad de crear su propio destino, el poder de cambiar las cosas. Aquellos días en Egipto pudimos intercambiar herramientas, experiencias concretas, casos de éxito y fracaso. La magnitud de Egipto dejó huella en nosotros, al igual que las faraónicas dificultades alzadas frente a los emprendedores: del medio día necesario para cruzar la descomunal ciudad de El Cairo, al contexto político inestable tras la revolución de la plaza Tahrir.

Tras Egipto, fuimos a Líbano en el verano de 2012. Formato análogo, añadiendo una dinámica de cocreación entre los actores del “ecosistema”, en aras de trasladar las necesidades de las empresas sostenibles a los decisores políticos y entidades financieras. Quedaba mucho por hacer aún: el acompañamiento telemático planeado nunca se utilizó pues los emprendedores, y sus proyectos de impacto social y ambiental, se perdieron por el camino dada la enorme incertidumbre imperante. Mucho por hacer si realmente queremos contribuir a un empoderamiento real de estos changemakers. El Líbano, país de contrastes y diversidad. Desde la mezcla de lenguas a los agujeros de bala en los edificios de Beirut; del avance desenfrenado de la globalización al “Líbano Verde” (histórico valle fértil del Mediterráneo), cuyo renacer da sentido a nuestras acciones.

Y entonces llegó Angola. Un proyecto distinto (Centro comunitario de Damba María, Benguela), centrado en la lucha contra el éxodo rural juvenil mediante el estímulo del emprendimiento sostenible. La herramienta era el centro comunitario recién construido. La envergadura amplia, gracias la larga presencia en el país de la ONG coordinadora, la duración adecuada de la fase en terreno, el estudio de contexto previo, y el análisis posterior de viabilidad. Nos encantó la idea y nos sumamos al barco.

La cooperación se concibe todavía como la ‘RSC del Norte’

En Benguela pasé uno de los meses más reveladores de mi vida. Me cambió la perspectiva, darme cuenta de que ni lo básico está garantizado: electricidad (cortes constantes), comida (cara e importada), transporte (caos circulatorio)… Sólo puedes pensar en cómo llegar a mañana. Me cambió la mentalidad, ver a niños y adultos sonriendo sin cesar, sin importar la dureza a la que se enfrentan. Disfrutan de las relaciones humanas, de los pequeños placeres. Pero sobre todo, lo que realmente me cambió fue contemplar toda esa exuberante juventud bloqueada, sin perspectivas. Entonces me reafirmé, tenía que hacer algo, proporcionar una oportunidad a alguno de estos jóvenes, porque de ahí seguro que brotaría algo bueno. Y nos pusimos manos a la obra para que los chavales pudieran construirse un futuro desde el centro comunitario, sin tener que emigrar a la ciudad. Pudieran aprender informática, hacer teatro, ser entrenadores deportivos, fabricar uniformes para los colegios, leer y estudiar, debatir con los ancianos en el jango, y un día gestionar el programa de micro-créditos que tanto éxito estaba teniendo entre las mujeres emprendedoras del barrio.

Angola, gran país y gran gente. Lleno de belleza: la impresionante Bahía de los Tiburones, el mágico desierto del Namib, la sabana y la selva. Lleno de contrastes: de procesiones católicas en Semana Santa a sesiones de capoeira en las interminables playas; de vendedoras de fruta callejeras a una americana muy simpática regentando un albergue; de fiestas de expatriados con trabajadores de petrolíferas del Norte y cooperantes bailando la misma música… Sí, esto me hizo pensar, e imaginarme aquellas gigantescas plataformas petrolíferas llevándose el oro negro del país, frente a la minúscula gota en el océano de nuestro centro comunitario.

Lo hicimos medianamente bien, pusimos el centro a disposición de la gente, empoderamos a jóvenes y mujeres en su gestión, potenciamos el programa de micro-créditos, involucramos a las escuelas, Iglesia y sabios… ¿Qué falló? A nivel de proyecto, sin duda, el seguimiento y la financiación. Los proyectos de cooperación se diseñan todavía en despachos de Bruselas, sin considerar demasiado la realidad del “Sur”, sin involucrar suficientemente a agentes y políticas locales, con financiadores evaluando desde el desconocimiento. A nivel macro, la causa subyacente es clara: la cooperación se concibe todavía como la RSC del Norte (Responsabilidad Social Corporativa), siendo el verdadero modelo de negocio el comercio internacional basado en reglas injustas y desequilibrios de poder. Pero hay esperanza, hay agentes y gentes locales con ganas de aprovechar estas mínimas ventanas para escalar proyectos y multiplicar las oportunidades entre sus conciudadanos. Algunas pistas nos dieron sobre cómo devolver el poder económico, y por tanto social y ambiental, a las comunidades. Sobre cómo poner baldosas amarillas en los pies de los niñ@s, y unas kwanzas (moneda angolana) en los sueños de los ecoemprendedores…

Texto original publicado en El País.

Jesús Iglesias Saugar.
Ser humano, amigo, emprendedor social, ribereño.

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