La civilización del consumismo está colapsando. Que con su caída no colapse también la vida. Otro mundo es posible
Dejemos de lado por un instante ideologías, colores políticos y sentimientos viscerales asociados. Demos varios pasos atrás para ver la realidad, y su rumbo, desde la distancia. No es fácil, pero la tarea lo precisa. Miremos ahora lo que está pasando, lo que lleva un tiempo pasando. Algunos dicen que desde la crisis de 2009, otras la pandemia de 2020, o quizás la caída de las Torres Gemelas en 2001. Da igual, la tendencia es clara: degradación ambiental y desigualdades sociales galopantes, polarización política en ascenso, populismos extremos, erosión de la democracia, violencia, guerras. No hace falta conocer mucho la Historia (la mejor profesora) para intuir que la decadencia de los imperios no fue muy diferente. En su última etapa seguramente atendían a petulantes problemas artificiales (los colores de la bandera), mientras los graves problemas reales (grandes sequías, pobreza) ponían su punto final. Bueno, cayeron unos surgieron otros, podríamos decir. Salvo que en esta ocasión, la globalización, inercia e impacto de nuestra civilización es tal que su caída se está llevando por delante la vida. El 69% de la vida salvaje en los últimos 50 años. Formamos parte de esta comunidad, su extinción es la nuestra.
En diciembre de 2015 regresé de París esperanzado. La inmensa mayoría de las naciones del mundo acordaron por fin abordar con firmeza el reto existencial del cambio climático. El objetivo deseado de no rebasar los 1,5°C de calentamiento global, fruto de la incansable lucha de los pequeños estados y otras muchas voces vulnerables, está prácticamente muerto hoy. El 2023, con casi toda probabilidad el más cálido de todos, se encuentra ya en los 1,43°C. Incluso un día concreto, el 17 de noviembre pasado, ha superado ya la barrera de los 2°C. No hemos sabido explicar bien la barbaridad que eso significa y peor aún lo que supone. No es un poco más de calorcito en invierno, es la descomunal energía que hemos añadido al sistema para calentar la Tierra entera cerca de grado y medio en apenas 200 años. Actualmente lo hacemos al ritmo de 5 bombas atómicas de Hiroshima … por segundo. Y toda esa energía en exceso, claro, se manifiesta en una mayor violencia, en fenómenos meteorológicos devastadores cada más frecuentes e imprevisibles. En arboles de 20 metros que caen y matan a una joven de 23 años que paseaba por allí.
Hace 15 años decidí dedicarme a frenar el cambio climático y revertir la crisis ecológica. No imaginaba que estaríamos en este punto hoy. Ahora hay que mirar la previsión meteorológica ya no para saber si hará “bueno” o “malo” en nuestras vacaciones, sino si será peligroso o no salir a la calle. El otro día, un viento huracanado como jamás había escuchado por aquí, le ponía banda sonora al drama. El creciente miedo de que a un ser querido de viaje le pille una de estas catástrofes. El Planeta empieza a sernos hostil y, sobre todo, incierto, alejándose de la estabilidad que en los últimos 10,000 años permitió la agricultura y todo nuestro desarrollo consigo. Basta preguntarles a los agricultores. O a las aseguradoras.
No creía que iba a suceder ni tanto ni tan rápido. Porque la velocidad es la clave, el infranqueable límite que nos permite o impide adaptarnos. A esta velocidad, y sobre todo con esta aceleración, no lo conseguiremos, ni casi ninguna especie. Quizás tenga algo que ver con esa manía suicida nuestra de seguir consumiendo sin parar para no alcanzar ninguna felicidad.
No hemos hecho nada, al revés, pisar más el acelerador. 27 cumbres del clima ninguneadas por la “todopoderosa” receta del crecimiento económico infinito y los multimillonarios beneficios cortoplacistas de unos pocos. ¿Y la 28º? Acogida por uno de los principales países productores de petróleo (Emiratos Árabes), y con el CEO de la empresa petrolera estatal como Presidente. ¡Basta ya de tanta farsa! Me llena de rabia y frustración. Hay veces que ya no puedo hablar de cambio climático sin que me pueda la emoción. Pero me levanto al día siguiente y sigo. Como muchas otras personas, no vamos a parar, porque quizás lo consigamos, y a esa posibilidad, la de salvar todo aquello que amamos, nos aferramos; e incluso, cada amanecer y cada sonrisa nos devuelven la confianza.
El domingo 3 de diciembre estaremos en Madrid para otra gran “mani” por el clima, las que hagan falta. No podemos permitirnos que los productores de combustibles fósiles extraigan el doble del límite seguro, ni que sólo el 4% de los países hayan dejado de financiar este genocidio. No en nuestro nombre, ni en el de todas esas niñas y niños que merecen un futuro digno, un planeta habitable, una vida como la que tú y yo conocimos: bella, diversa, maravillosa. Queremos que se vayan de festival en verano y no a un refugio climático por calor extremo.
Además de la mani podemos hacer mucho más, claro que sí, en lo individual y en lo colectivo. Podemos impulsar las llamadas “Soluciones basadas en la Naturaleza”, es decir aliarnos de nuevo con los ecosistemas naturales de los que somos parte para protegernos y actuar frente a los impactos climáticos. Plantar corredores de árboles y vegetación en las ciudades, por ejemplo, para disminuir el efecto isla de calor, recuperar la biodiversidad y mejorar nuestra salud. Árboles que por desgracia ahora son atacados por mega sequías, inundaciones, incendios o vientos huracanados. Tenemos que adaptarnos a futuribles cada vez peores, pero aún así, con ciencia y justicia social por únicas banderas, podemos y debemos cambiar. Toda generosidad hacia el futuro reside en darlo todo en el presente.
Otro día hablamos de más cosas, de más soluciones y experiencias vitales. No es tan difícil, al contrario, es una liberación dejar de lado todo eso que nos estresa y deshumaniza. Tecnología sí, pero para el fin adecuado. Creemos pequeñas comunidades de personas que se cuidan y cuidan la Tierra con alegría. Sí, el colapso de un modelo, de una forma de vida, está sucediendo, pero otra nueva emerge. Será en pequeños trozos y fuertes lazos, pero será. Y la bailaremos.
Texto original publicado en El País.
